Noche de autos

Tap, tap, tap, tap. La lluvia golpea el capó del coche. Dos siluetas observan Barcelona desde la ladera de Collserola. Una de ellas se lleva las manos a la cabeza y la otra no deja de encender y apagar cigarrillos, sin apenas llegar a llevarse alguno de ellos a la cabeza. Las siluetas salen del automóvil. Él arquea las piernas en cada paso que da y ella camina deprisa, teniendo que parar cada cuatro o cinco metros para esperar a que él se ponga a su lado, aunque al segundo ella vuelve a adelantarle, por lo que parecen los dos extremos de un acordeón, encontrándose y alejándose sin descanso. Ella hace aspavientos con las manos y se desmelena cual leona, volcando su ira sobre él, y él llora y sigue encendiendo cigarrillos. Parece que alguien ha cometido un error esta noche. Discuten durante media hora, puede que más. Ella golpea y el recibe haciendo mutis todo el rato. Seguro que tiene muchas cosas que decir, a pesar de ello. Llegada la desconocida conversación a cierto punto, y con la luna en lo más alto de un cielo estrellado (estrelladísimo) y lluvioso, los dos personajes acercan sus cuerpos empapados y se funden en un largo beso. Un beso, se antoja, interminable. Ninguno de los dos podría querer dejar aquello. Energías renovadas. Él se dirige al maletero del coche y saca una vieja herramienta. Parece una pala. Comienza a cavar un agujero en el suelo húmedo. Ella le observa, se aparta, accede al auto, lo pone en marcha y retrocede lentamente con el maletero abierto en dirección al foso, como si se tratase de un camión de la basura a punto de descargar su pestilente carga en un vertedero. Él continúa cavando sin descanso. De vez en cuando saca de su bolsillo una petaca o algo parecido y pega un trago, limpiándose la boca con la manga embarrada de su camisa. Una escena bastante cerda, ¿no? Cuando él ha cavado un hoyo hondo (no se le ve más que la cabeza por fuera) lanza la pala fuera y sale como puede. Se seca el sudor de la frente con la manga de antes qué tío más cerdo y se acerca al maletero. Saca un bulto enorme, de, por lo menos metro y medio, y lo echa dentro del foso. Rellena el hueco y entra al coche con ella, que le esperaba dentro desde que terminó de cavar. El resto del relato es sexo y el resto de la reconciliación es sexo. Deja de llover y empieza el amanecer. La tierra volverá a estar dura en unos días y compactará. Nadie encontrará nunca al perro de la pareja. Conseguirán uno igual para que sus hijos no sospechen nunca nada de lo ocurrido. El coche vira y se pone en dirección a la carretera, con la parte derecha del morro visiblemente abollada y manchada de sangre.

Curso del 59

Fue un 13 de diciembre, en examen de matemáticas, el primer y único día que servidor vio al Padre Pimentel perder los estribos y atizar a un alumno suyo.

Tiempo hacía del triunfo de la dictadura franquista, y en Madrid, la ideología fascista iba calando más y más. El canon era el que es todavía hoy para algunos simpatizantes del régimen: Dios, patria y familia, y como no podía ser de otra manera, la mayoría de niños acudíamos a colegios llevados por instituciones religiosas. Nosotros y nuestra educación pertenecíamos a una congregación de jesuitas, con lo que hasta aquí, nada extraño para los tiempos que corrían. Ningún misterio es que entre las herramientas de la mayoría de los religiosos que impartían docencia, existía el castigo físico repetido. Cualquier excusa era válida para los jesuitas, que acostumbraban a moler las uñas de los alumnos con un largo listón de madera, o a azotarles con un cinturón. A veces, un buen capón adornado con un anillo en nuestra cabezota les servía. Eran gente hábil, y no les temblaba el pulso. No se contaba entre los partidarios de esta práctica el Padre Pimentel. Era unos años más joven que el resto de los maestros. Igual cascaba veintiocho, por ponerle una cifra. Y era un cura guay. Nos dejaba que le llamásemos Pimentel a secas, y aunque era severo, nunca puso una mano encima de alguno de nosotros hasta el momento en que transcurre esta pequeña anécdota…

Tengo que reconocer que, aunque la violencia no es un camino útil en lo que a educación refiere (y no es siquiera un camino), había un muchacho entre nosotros, Benjamín, que se las gastaba. Todos recibíamos correcciones más o menos amistosas por parte de los curas, pero no sorprendía que saliera abofeteado o azotado de cualquier materia y a cualquier hora. Era un chaval de once años terrible. El tiempo dio la razón a mi madre, que decía que acabaría en el talego o en el cementerio (pasó por el primero antes de llegar al segundo), y aunque a ninguno nos gustó lo que ocurrió aquel trece de diciembre, la distancia, y las conversaciones en los encuentros de exalumnos llegaban siempre al mismo punto: Pimentel hizo lo correcto.

Y no quiero justificar un hecho como el que vimos todos, pero no sé cómo podría haber actuado cualquiera. Y aunque las clases de religión recibidas durante años y años en las horas de fomento del espíritu nacional franquista no hicieron mella en mí, estoy seguro de que el joven sacerdote entró en su cielo sin ningún problema, porque Benjamín ya había procurado meterse con su precoz alopecia, su suave tartamudear y una leve cojera del pie izquierdo. Benjamín le apodaba el Padre Pilluni (que era una manera más de llamar a los cojos), y aunque todos nos reíamos, Pimentel mantenía la compostura y disponía problemas de matemáticas o cálculo, que era lo suyo.

Nadie sabe cómo —si por tener un padre metido en las familias o por su hermano mayor, en las juventudes de Falange—, Benjamín averiguó que el Padre Pimentel era el pequeño de una familia republicana granadina. A ninguno de nosotros nos causó la mínima conmoción saberlo, porque le adorábamos como a una especie de salvador divino, pero a Benjamín le molestó, quizá por influencia paterna. De la represión que pudo sufrir la familia de nuestro héroe poco sabíamos y es hoy poco lo que sabemos. Lo cierto es que aquel 13 de diciembre de finales de los cincuenta, en pleno examen de matemáticas, el Padre Pimentel se levantó de su asiento y se acercó lentamente al pupitre del niño Benjamín. Alargó su mano hasta la entrepierna del muchacho y, para nuestro horror, la alzó con una chuleta en papel de unos tres o cuatro centímetros de largo. Le había pillado con las manos en la masa. No era el primer sacerdote que pillaba al joven intentando sacar un examen con aquel truco, pero la bondad del Padre Pimentel fue confundida con debilidad por el chico, y no tuvo otra idea que decirle que si no le permitía terminar el examen, su padre le fusilaría como el caudillo fusiló a sus hermanos mayores en Granada. Mientras lanzaba aquella maldición hacia Pimentel, le señaló con el índice y el pulgar alzado, como si manejase una pistola y disparase, y esbozó la mueca más cruel que hayan podido ver estos ojos, que la tierra hoy está cerca de tragarse. La respuesta del religioso fue rápida, se acercó veloz al niño pese a la cojera y le sacudió con un periódico enrollado en los labios. Una, dos y tres veces. De la antigua mueca de Benjamín solamente quedaron nuestros recuerdos. Un hilillo de sangre brotó hasta enrojecer el cuello de su uniforme y las lágrimas brotaron también de sus ojos, en medio de la sorpresa de todos los presentes. Al Padre se le había dibujado en la cara una especie de gesto de sorpresa, conmoción e ira. No parecía él. Nos instó a terminar el examen lo más breve que pudiésemos mientras Benjamín sollozaba en silencio con la cabeza entre las piernas y al terminar su hora, se marchó sin decir nada. Nunca más volvió a darnos clase de matemáticas. Ni apareció por el colegio en ocasión alguna. Pasaron las Navidades y en lugar de recibirle a él encontramos en su puesto a un vejestorio llamado Padre Melquíades. Y nunca, nunca, nunca más volvimos a saber nada de él. Nuestro protector, nuestro héroe. El Padre Pimentel, que de buen seguro, solamente apareciera en las peores pesadillas de Benjamín, que tampoco volvió a pisar la escuela.

El aplauso

El mundo de los sueños es imprevisible. Moldeable. Tu mayor pesadilla puede convertirse de golpe en un delirio sexual. Puedes correr por tu vida delante de una marabunta de hormigas comedoras de carne humana y, de golpe, aparecer en una cama junto a tres mujeres (o tres hombres, aquí hay variedad de gustos casi infinitesimal). La cosa es que el mundo de los sueños es imprevisible, a parte de fantástico, y nunca sabes que va a ocurrir detrás de cada acontecimiento. Y tampoco te lo preguntas, porque mientras estás soñando solamente te concentras en lo que está pasando. No hay ni futuro ni pasado, más allá de las implicaciones que pueda tener aquello que estás viviendo. Y además, uno de los aspectos que favorecen al enrarecimiento de la trama de los sueños, son los saltos de tiempo (que colaboran con esta mutabilidad de la que hablamos). Los sueños raramente son perfectamente lineales. En un mismo trayecto puedes haber estado aquí y allá, hace una hora, o dentro de dos, ¿qué importa? Tendemos a pensar que en casos así hemos experimentado sueños diferentes, pero es muy probable que se trate del mismo sueño, pero del cual tenemos partes en penumbra sin la que nos es imposible intentar conectar todos los acontecimientos soñados.

Se levantó de la cama. Era una noche fría. Se había meado como un crío, otra vez. No era la primera vez que soñaba ser un conferenciante de psicoanálisis. Quizá no sería la última, aunque, soñara las veces que soñara lo mismo, siempre se despertaba en el mismo momento, justo antes del aplauso.

Abogacía

A un profeta de Jerusalén le respetaron y vitorearon por arengar sobre el futuro. A otro le tiraron piedras por filosofar sobre el presente.

A la lapidación del segundo acudió el primero, solamente para presenciarla. Entre sus peroratas a la multitud que se acumulaba delante del templo siempre incluía un apartado de maldiciones para los demás profetas (pocos son los que se dan la razón entre ellos, en Tierra Santa). Sentíase culpable: las ideas que iban a someter a tan terrible final a su homólogo eran las que él promocionaba alegremente, ya os podéis imaginar, moviendo las manos en aspavientos interminables y utilizando todo tipo de guiños para calar con su discurso en la mente de los presentes. ¿Serían las consecuencias de su filosofía su parte de culpa en la lapidación?

Cuando la multitud de verdugos estaba a punto de iniciar la terrible condena, el peso de la culpa empujó al profeta a interponerse en medio de los lapidadores y el reo/profeta. Y pronunció un sermón sobre la paz, el entendimiento, la tolerancia y el libre discurso delante del templo. Las palabras brotaban de sus labios como una enredadera, con fluidez. Como si estuviera tocado por la gracia divina. Jamás había pronunciado mejor letanía de conceptos abstractos. Pero el Buen Dios que observa desde las alturas sabe que el perdón es algo complicado de conseguir. Y joder si sabe que pocas cosas están peor vistas que el abogado de un condenado a muerte. 

Aquella tarde hubieron dos lapidados y dos nuevas vacantes de “profeta del Templo”. La multitud arrojó pedazos de roca con ardor, llevada por la ira de sentirse menos inteligente que sus captivos. Y la normalidad no volvió a la ciudad, pero eso ya es otra historia.

Órganos de gobierno.

Lo que yo haga no es asunto suyo. ¡Carajo! Soy el hombre fuerte de ésta institución. La mano dura. Yo hago el trabajo sucio para todos los de arriba, y ellos se cubren de fama y de dinero mientras yo tengo que lidiar cara a cara con todos los que llegan por detrás, en busca de gloria juvenil. Se dedican a iluminar las caras del resto con sus bravatas y sus peroratas, a venderles ilusión, conocimiento procesado. Yo soy la verdad. Yo soy el reflejo de la vida real. De mí podrían aprender mucho más que de ninguno de aquellos licenciados de pacotilla. Malditos sean sus años de universidad, sus estudios en el extranjero y sus publicaciones en revistas de divulgación. ¡Malditos sean todos ellos, digo!

Siempre pensé que si alguno de los profesores hubiera escuchado decir este tipo de cosas al conserje, otro gallo hubiera cantado a la salud mental de nuestro instituto. Pero eso sería otra historia.


Metasicología.

Estoy ahogado en mierda. Hasta el cuello. Deudas, denuncias, problemas familiares, un trabajo que no me gusta y una falta de autoestima creciente. Era psicólogo. Bueno, aún ejerzo, pero ahora lo hago sin pasión. Aunque la verdad que no entiendo si puede ser apasionado tomar notas sobre la vida de mierda de mis pacientes.

El psicólogo tomó nota. Cada vez más compañeros de profesión necesitaban de sus sesiones. La vida de mierda, que se contagia. ¿Necesitaría él acudir algún día a la consulta de alguno de sus homólogos?

Justicia (¿poética?)

¿Ustedes saben lo que es una paliza? Qué somanta. Puñetazos, patadas. Con los codos y con las rodillas. Yo creo que hasta con un cinturón le pegaron al hombre. Toda la discoteca mirando. Nadie hizo nada. Cuando terminaron de trabajarse sus carnes, los tres gorilas le sacaron a la calle. Y digo le sacaron porque le sacaron. No se sostenía. Lo lanzaron sobre el asfalto como a un pañal, haciendo chof, chof, al caer. Un par de horas después, la discoteca cerró y salimos. Ahí estaba. Parecía una obra fauvista. Todo color. Aunque falto de expresión. Era difícil distiguir las manchas de sangre de las manchas de barro. Y apestaba a alcohol. Se acercó a nosotros y nos pidió tabaco. Le di un Camel con tres cigarrillos dentro y me compensó ofreciéndome una calada de algo que tenía entre manos. A lo que yo acepté, y me separé de mis amigos.

Cuando compartes un porro, hablas. Igual que cuando compartes un coche o un ascensor. Es difícil hacerlo sin cruzar palabra. Le hice la pregunta del millón. Me explicó que le habían pegado tal paliza por haber marcado la cara de su novia con una navaja. Se ve que ésta le había engañado. Algo fortísimo. Qué hijo de perra. Esperé a terminar el canuto y le pegué dos patadas en la cara. Y un par o tres en el estómago. Valiente hijo de puta. Se merecía todo lo que le pasara aquella noche. Le arrastré un poco. No se quejó ni se intentó defender. Hay tipos que son así, aceptan su condena y reciben su castigo, bajo la confianza de poder volver a incurrir en el mismo delito todas las veces que quieran. Nuestra sociedad no castiga tanto como pueden castigar una pandilla de gorilas colgados de amfetaminas. Ese cabrón se lo va a pensar antes de poner sus manos encima de nadie otra vez.

Expectativa.

Sus padres pensaron que la enfermedad que le postraba en la cama le haría artista. El largo tiempo de convalecencia le empujaría a escribir sobre la vida, la muerte. Se volvería un dramaturgo intelectual. Sería respetado por el mundo de las letras. Obtendría un sillón en la Real Academia. Sería un gran hombre. Pero se equivocaban. Al poco tiempo de estar en la cama se volvió huraño. Tímido. Huidizo. A menudo se masturbaba. Más de cinco veces al día. Y solamente leía revistas pornográficas. La enfermedad había matado lo mejor de su hijo, y había convertido lo que quedaba de él en un ser repugnante que rezumaba odio, histeria y rabia espumosa. Son otros tiempos, se decían, ahora las enfermedades no sirven para nada. Solamente cambió para peor. Su hijo no era su hijo. Asiduamente rechazaba la comida que le brindaba su padre, y más a menudo le echaba piropos excesivos a su madre. Cuando comenzó a caminar empezó a visitar locales de alterne y a beber alcohol. Y siempre fue así hasta que muriera unos años —no muchos— más tarde. Lo cerca que estuvo de la muerte toda su vida, como un adicto, fue lo único que le mantuvo entre nosotros. Su rabia, su misantropía, su envidia y su locura, la razón de su existencia.

Pocas posibilidades de resultar convincente.

En realidad soy un buen tipo, simpatizo por el feminismo (y participo de él) hasta cuando me considera opresor. Me pongo en el lugar de los demás siempre y defiendo la libre expresión de todo hombre. No sé. También soy un tipo divertido. Cuando bebo, más todavía. Nunca le he pegado un puñetazo a nadie que no lo mereciera. Nunca me he reído de alguien disminuído, ni siquiera de pequeño. ¿Qué os puedo decir? Soy un gran tipo.

El acusado no tenía nada más que añadir. No era el primer psicópata con trastornos de indentidad que se ponía delante de la palestra.