Con suerte

Nadie sino él podía saltarse tantas leyes en una sola noche sin necesidad de conducir. Maldito enajenado, eso sí, ágil. Acortó el camino del punto A al punto B saltando un par de vallas de un recinto privado del barrio, mientras caminaba presuroso echando aliento a cerveza. Lo recuerda bien porque esa noche apenas mezcló. Recuerda el consejo de siempre: no mezcles fermentados con destilados. A pesar de todo la resaca llegará y se marchará, como siempre y si nada lo impide, permitiéndole comenzar un lunes ansioso, amargado y sediento de otro sábado de desenfreno. La cosa es que al final se queda sin batería en el móvil, error de cálculo. Retrocede y se le ocurre una idea magnífica: entrar al bingo del barrio y pedirle al recepcionista que le cargue el móvil. Y funciona. El recepcionista acepta y mientras tanto se entretiene echando en la ruleta de la fortuna (y una mierda) algunas monedas que han sobrado de la cena y las seis o siete, quizá cinco u ocho, cervezas de doble malta que ha trincado. Cuando se le acaban las monedas se acerca al recepcionista y antes de marcharse le come un poco la cabeza. Al día siguiente se acordará de aquel hombre y le agradecerá el favor, la amabilidad y todas esas características que todo el mundo suele no tener encima un sábado por la noche. Sale del bingo, echa un pitillo y mira el móvil, ya sabe que le esperan en el punto B, un último mensaje le confirma lo que con ansias ha estado buscando y busca siempre cuando está embriagado, afloja sus pantalones y desfila confiado y deseoso de poder ejercer un poco de su sexo encima, al lado o debajo de alguien, con suerte. Acorta de nuevo la distancia saltándose las mismas vallas y sueña con noches como esta más veces, pide, más veces, donde todo salga tan bien o por lo menos, como él pide.

La verdad detrás del óleo 1

No hemos encontrado otras. No, no las había mejores, tendrás que pintarlas a ellas. ¿Y qué si están gordas? Ahora se lleva esto. ¿Cómo que no? Claro que se pintan a mujeres así en toda Europa. Sí hombre, sí. Has de pintarlas a las tres porque han de ser Las tres gracias. Pues si te falta pintura la consigues, que para algo te pagamos. Y ni se te ocurra hacer algún comentario sobre las modelos que ya sabes que son mujeres de alta alcurnia, no prostitutas de tres al cuarto como las que sueles contratar.

Burrocracia

Tenía que hacerlo, así que levanté mi penoso culo de la cama un lunes muy por la mañana para ir a mover papeleo por toda Barcelona. El asunto era, primordialmente, la obtención de un par de becas para conseguir mantenerme con vida un par de años más, y al mismo tiempo acudir con regularidad a las clases que se estaban impartiendo, ojo, desde hacía ya dos semanas, en mi facultad, y a las que como de costumbre no estaba asistiendo por motivos personales/porque no me salía de las narices.

El tema es que una de las cosas más complicadas del mundo mundial es entender de burocracia. O me lo parece a mí. Entro en una oficina bancaria para intentar recopilar algo de información extremadamente necesaria y hallo una cola larga, larguísima, donde una señora con taca-taca da la vez con cara de amargura (quizá fuera joven cuando empezó la cola, pienso, aunque tiene pinta de no haberlo sido nunca). Pasan los minutos, una hora, una hora y media y me aproximo al borrico que está detrás de la mesa. Un peñazo de tío, y encima feo. Y gilipollas. Tiene al lado del monitor de su computadora una foto de familia con sus hijos y con su mujer (ella es guapa pero los hijos son feos como él: la ciencia debe probar que el ADN de las personas feas es más potente, o algo). Además me sorprende la actitud con la que me trata, aduladora, hasta generosa. Apuesto a que se ofrecería a hacerme una mamada a cambio de firmarle alguna papeleta que le hiciera quedar bien con su jefe; a fin de cuentas en estos sitios hay jerarquías, y la actitud del tipo es algo así como dar a entender que tiene experiencia, que no pertenece a la bajísima casta de todas las castas. ¿Los intocables? No, los becarios.

No puede procurarme la información que necesito porque ese no es el lugar donde se entrega ese tipo de información. Está de broma, seguro. Es un cachondo. Encima de feo, cachondo. Pero no, no es ninguna broma. Hago cola en la fila de al lado, pardiez, está la señora de antes. Ahora me sonríe, como diciéndome que todos nos equivocamos. Buena mujer, no saldrá viva de esta sucursal. De hecho en Barcelona las sucursales bancarias son como las salas de espera de los ambulatorios: hogares del pensionista. Eso es otro tema. Hago la cola otra vez, esta vez más rápido porque algunos de los que van delante abandonan la lucha (¡cobardes!) cuando ven que se acerca la hora de comer. Yo sigo ahí (como Raphael) y llego delante de la mesa. Sorpresa, la mujer que me atiende es la esposa del feo del otro despacho. Cosas de la vida. Es realmente guapa y no tiene puesta la foto familiar al lado del monitor, así que, haciendo alarde de mi gallarda disposición a sicoanalizar a todo el mundo supongo que está un poco harta de su marido (como yo). Me acerco y le imploro que me ayude. Solamente quiero conocer algunos de los detalles de mi contrato bancario, no pido más. Accede y mientras se infiltra en la intranet financiera para conocer mi partida de nacimiento económica, observo que tiene un ejemplar de La fiesta de Gerald de Robert Coover sobre la chaqueta, en la silla del acompañante del despacho. Sabía que alguien normal no podía haberse casado con el despojo aquel que la tenía enmarcada junto a sus hijos. Adiós al flirteo, por ahí no paso. Recojo la información que, por fin, me dan y salgo del banco, saltando un par de cadáveres de ancianos que no sobrevivieron a la eterna cola y llevándome una guía de viajes que ofrecen en la salida.

Noche de autos

Tap, tap, tap, tap. La lluvia golpea el capó del coche. Dos siluetas observan Barcelona desde la ladera de Collserola. Una de ellas se lleva las manos a la cabeza y la otra no deja de encender y apagar cigarrillos, sin apenas llegar a llevarse alguno de ellos a la cabeza. Las siluetas salen del automóvil. Él arquea las piernas en cada paso que da y ella camina deprisa, teniendo que parar cada cuatro o cinco metros para esperar a que él se ponga a su lado, aunque al segundo ella vuelve a adelantarle, por lo que parecen los dos extremos de un acordeón, encontrándose y alejándose sin descanso. Ella hace aspavientos con las manos y se desmelena cual leona, volcando su ira sobre él, y él llora y sigue encendiendo cigarrillos. Parece que alguien ha cometido un error esta noche. Discuten durante media hora, puede que más. Ella golpea y el recibe haciendo mutis todo el rato. Seguro que tiene muchas cosas que decir, a pesar de ello. Llegada la desconocida conversación a cierto punto, y con la luna en lo más alto de un cielo estrellado (estrelladísimo) y lluvioso, los dos personajes acercan sus cuerpos empapados y se funden en un largo beso. Un beso, se antoja, interminable. Ninguno de los dos podría querer dejar aquello. Energías renovadas. Él se dirige al maletero del coche y saca una vieja herramienta. Parece una pala. Comienza a cavar un agujero en el suelo húmedo. Ella le observa, se aparta, accede al auto, lo pone en marcha y retrocede lentamente con el maletero abierto en dirección al foso, como si se tratase de un camión de la basura a punto de descargar su pestilente carga en un vertedero. Él continúa cavando sin descanso. De vez en cuando saca de su bolsillo una petaca o algo parecido y pega un trago, limpiándose la boca con la manga embarrada de su camisa. Una escena bastante cerda, ¿no? Cuando él ha cavado un hoyo hondo (no se le ve más que la cabeza por fuera) lanza la pala fuera y sale como puede. Se seca el sudor de la frente con la manga de antes qué tío más cerdo y se acerca al maletero. Saca un bulto enorme, de, por lo menos metro y medio, y lo echa dentro del foso. Rellena el hueco y entra al coche con ella, que le esperaba dentro desde que terminó de cavar. El resto del relato es sexo y el resto de la reconciliación es sexo. Deja de llover y empieza el amanecer. La tierra volverá a estar dura en unos días y compactará. Nadie encontrará nunca al perro de la pareja. Conseguirán uno igual para que sus hijos no sospechen nunca nada de lo ocurrido. El coche vira y se pone en dirección a la carretera, con la parte derecha del morro visiblemente abollada y manchada de sangre.

Sin Ricardo

La señora cafetera se pasa el día soltando vapor y humo, si el café se quema. Tras la barra Toni sirve cafés para pagarse la carrera de filosofía y Ricardo prepara tapas, con la patata como base; patatas bravas, patatas fritas (defiende que no son lo mismo que bravas), patatas al caliu, patatas con alioli… Entre la concurrencia del bar se encuentran distintos tipos de personajes, alcohólicos, jubilados, señoras que toman infusiones, ludópatas que no se apartan de la tragaperras y adolescentes que compran tabaco a granel a veinte céntimos el pitillo. Nadie sospecha que el bueno de Ricardo padece una enfermedad terrible que le obligará a tomar una decisión sobre el futuro del bar. El Bar La Misión, nombre que conocen todos los habitantes del barrio, adulado y recurrente lugar de vigilia y sueño donde se elevan plegarias de todo tipo. Un día por la mañana llegarán a la tasca y encontrarán un letrero en la puerta:

CERRADO POR DEFUNCIÓN.

Nadie se explicará qué fue el causante de la insuficiencia cardíaca de Ricardo, el ilustre tabernero, para que a sus cincuenta y tantos haya pasado a mejor vida. Sin pareja y sin descendencia, el bar pasará a nuevas manos y la vida seguirá para los habitantes de La Verneda, pero sin Ricardo.

Curso del 59

Fue un 13 de diciembre, en examen de matemáticas, el primer y único día que servidor vio al Padre Pimentel perder los estribos y atizar a un alumno suyo.

Tiempo hacía del triunfo de la dictadura franquista, y en Madrid, la ideología fascista iba calando más y más. El canon era el que es todavía hoy para algunos simpatizantes del régimen: Dios, patria y familia, y como no podía ser de otra manera, la mayoría de niños acudíamos a colegios llevados por instituciones religiosas. Nosotros y nuestra educación pertenecíamos a una congregación de jesuitas, con lo que hasta aquí, nada extraño para los tiempos que corrían. Ningún misterio es que entre las herramientas de la mayoría de los religiosos que impartían docencia, existía el castigo físico repetido. Cualquier excusa era válida para los jesuitas, que acostumbraban a moler las uñas de los alumnos con un largo listón de madera, o a azotarles con un cinturón. A veces, un buen capón adornado con un anillo en nuestra cabezota les servía. Eran gente hábil, y no les temblaba el pulso. No se contaba entre los partidarios de esta práctica el Padre Pimentel. Era unos años más joven que el resto de los maestros. Igual cascaba veintiocho, por ponerle una cifra. Y era un cura guay. Nos dejaba que le llamásemos Pimentel a secas, y aunque era severo, nunca puso una mano encima de alguno de nosotros hasta el momento en que transcurre esta pequeña anécdota…

Tengo que reconocer que, aunque la violencia no es un camino útil en lo que a educación refiere (y no es siquiera un camino), había un muchacho entre nosotros, Benjamín, que se las gastaba. Todos recibíamos correcciones más o menos amistosas por parte de los curas, pero no sorprendía que saliera abofeteado o azotado de cualquier materia y a cualquier hora. Era un chaval de once años terrible. El tiempo dio la razón a mi madre, que decía que acabaría en el talego o en el cementerio (pasó por el primero antes de llegar al segundo), y aunque a ninguno nos gustó lo que ocurrió aquel trece de diciembre, la distancia, y las conversaciones en los encuentros de exalumnos llegaban siempre al mismo punto: Pimentel hizo lo correcto.

Y no quiero justificar un hecho como el que vimos todos, pero no sé cómo podría haber actuado cualquiera. Y aunque las clases de religión recibidas durante años y años en las horas de fomento del espíritu nacional franquista no hicieron mella en mí, estoy seguro de que el joven sacerdote entró en su cielo sin ningún problema, porque Benjamín ya había procurado meterse con su precoz alopecia, su suave tartamudear y una leve cojera del pie izquierdo. Benjamín le apodaba el Padre Pilluni (que era una manera más de llamar a los cojos), y aunque todos nos reíamos, Pimentel mantenía la compostura y disponía problemas de matemáticas o cálculo, que era lo suyo.

Nadie sabe cómo —si por tener un padre metido en las familias o por su hermano mayor, en las juventudes de Falange—, Benjamín averiguó que el Padre Pimentel era el pequeño de una familia republicana granadina. A ninguno de nosotros nos causó la mínima conmoción saberlo, porque le adorábamos como a una especie de salvador divino, pero a Benjamín le molestó, quizá por influencia paterna. De la represión que pudo sufrir la familia de nuestro héroe poco sabíamos y es hoy poco lo que sabemos. Lo cierto es que aquel 13 de diciembre de finales de los cincuenta, en pleno examen de matemáticas, el Padre Pimentel se levantó de su asiento y se acercó lentamente al pupitre del niño Benjamín. Alargó su mano hasta la entrepierna del muchacho y, para nuestro horror, la alzó con una chuleta en papel de unos tres o cuatro centímetros de largo. Le había pillado con las manos en la masa. No era el primer sacerdote que pillaba al joven intentando sacar un examen con aquel truco, pero la bondad del Padre Pimentel fue confundida con debilidad por el chico, y no tuvo otra idea que decirle que si no le permitía terminar el examen, su padre le fusilaría como el caudillo fusiló a sus hermanos mayores en Granada. Mientras lanzaba aquella maldición hacia Pimentel, le señaló con el índice y el pulgar alzado, como si manejase una pistola y disparase, y esbozó la mueca más cruel que hayan podido ver estos ojos, que la tierra hoy está cerca de tragarse. La respuesta del religioso fue rápida, se acercó veloz al niño pese a la cojera y le sacudió con un periódico enrollado en los labios. Una, dos y tres veces. De la antigua mueca de Benjamín solamente quedaron nuestros recuerdos. Un hilillo de sangre brotó hasta enrojecer el cuello de su uniforme y las lágrimas brotaron también de sus ojos, en medio de la sorpresa de todos los presentes. Al Padre se le había dibujado en la cara una especie de gesto de sorpresa, conmoción e ira. No parecía él. Nos instó a terminar el examen lo más breve que pudiésemos mientras Benjamín sollozaba en silencio con la cabeza entre las piernas y al terminar su hora, se marchó sin decir nada. Nunca más volvió a darnos clase de matemáticas. Ni apareció por el colegio en ocasión alguna. Pasaron las Navidades y en lugar de recibirle a él encontramos en su puesto a un vejestorio llamado Padre Melquíades. Y nunca, nunca, nunca más volvimos a saber nada de él. Nuestro protector, nuestro héroe. El Padre Pimentel, que de buen seguro, solamente apareciera en las peores pesadillas de Benjamín, que tampoco volvió a pisar la escuela.

El aplauso

El mundo de los sueños es imprevisible. Moldeable. Tu mayor pesadilla puede convertirse de golpe en un delirio sexual. Puedes correr por tu vida delante de una marabunta de hormigas comedoras de carne humana y, de golpe, aparecer en una cama junto a tres mujeres (o tres hombres, aquí hay variedad de gustos casi infinitesimal). La cosa es que el mundo de los sueños es imprevisible, a parte de fantástico, y nunca sabes que va a ocurrir detrás de cada acontecimiento. Y tampoco te lo preguntas, porque mientras estás soñando solamente te concentras en lo que está pasando. No hay ni futuro ni pasado, más allá de las implicaciones que pueda tener aquello que estás viviendo. Y además, uno de los aspectos que favorecen al enrarecimiento de la trama de los sueños, son los saltos de tiempo (que colaboran con esta mutabilidad de la que hablamos). Los sueños raramente son perfectamente lineales. En un mismo trayecto puedes haber estado aquí y allá, hace una hora, o dentro de dos, ¿qué importa? Tendemos a pensar que en casos así hemos experimentado sueños diferentes, pero es muy probable que se trate del mismo sueño, pero del cual tenemos partes en penumbra sin la que nos es imposible intentar conectar todos los acontecimientos soñados.

Se levantó de la cama. Era una noche fría. Se había meado como un crío, otra vez. No era la primera vez que soñaba ser un conferenciante de psicoanálisis. Quizá no sería la última, aunque, soñara las veces que soñara lo mismo, siempre se despertaba en el mismo momento, justo antes del aplauso.

Abogacía

A un profeta de Jerusalén le respetaron y vitorearon por arengar sobre el futuro. A otro le tiraron piedras por filosofar sobre el presente.

A la lapidación del segundo acudió el primero, solamente para presenciarla. Entre sus peroratas a la multitud que se acumulaba delante del templo siempre incluía un apartado de maldiciones para los demás profetas (pocos son los que se dan la razón entre ellos, en Tierra Santa). Sentíase culpable: las ideas que iban a someter a tan terrible final a su homólogo eran las que él promocionaba alegremente, ya os podéis imaginar, moviendo las manos en aspavientos interminables y utilizando todo tipo de guiños para calar con su discurso en la mente de los presentes. ¿Serían las consecuencias de su filosofía su parte de culpa en la lapidación?

Cuando la multitud de verdugos estaba a punto de iniciar la terrible condena, el peso de la culpa empujó al profeta a interponerse en medio de los lapidadores y el reo/profeta. Y pronunció un sermón sobre la paz, el entendimiento, la tolerancia y el libre discurso delante del templo. Las palabras brotaban de sus labios como una enredadera, con fluidez. Como si estuviera tocado por la gracia divina. Jamás había pronunciado mejor letanía de conceptos abstractos. Pero el Buen Dios que observa desde las alturas sabe que el perdón es algo complicado de conseguir. Y joder si sabe que pocas cosas están peor vistas que el abogado de un condenado a muerte. 

Aquella tarde hubieron dos lapidados y dos nuevas vacantes de “profeta del Templo”. La multitud arrojó pedazos de roca con ardor, llevada por la ira de sentirse menos inteligente que sus captivos. Y la normalidad no volvió a la ciudad, pero eso ya es otra historia.

Por cien euros

Todavía recuerdo aquel día como si fuera ayer. Tenía un par de años menos que ahora y un par de decenas de quilos menos también, y algo más de pelo. Corría el verano de 2015 y todavía no había comenzado mi periplo universitario. Lo que sí que hacía desde un mes atrás era trabajar. Trabajar en cualquier cosa. Llegué a pensar que hacía favores por dinero (creo que en realidad de eso es de lo que se trata). La cuestión es que aquel día iba a casa de una amiga de mi madre a limpiar y bajar trastos. Era una mujer extraña, la amiga, me avisaron, y la verdad es que lo era, y mucho. Una gran fumadora de maría, que incluso en su tiempo tuvo alguna de las primeras tiendas del género en Barcelona. Una tipa de unos cincuenta y pocos, eso sí, jovial, simpática y de lo más cercana. Con la advertencia de sus rarezas bajo el brazo, seguí todas sus órdenes durante un par de días, con el objetivo de procurarme un par de billetes para subvencionar mis salidas nocturnas (¿qué si no?). Me pidió que comenzase por limpiar algunas ventanas, algo que no había hecho yo nunca y que por el aspecto de los vidrios diría que ella tampoco, por lo que lo hicimos como pudimos. Luego vacíamos un par de habitaciones y movimos muebles, hasta que tocó arreglar y acondicionar la habitación de su hijo. Su único hijo. Al parecer el chico había fallecido tiempo antes, bastante tiempo. Una afección hepática o algo así que lo borró del mapa de golpe. Algo que te toca cuando lo oyes hablar a otro, y un infierno para cualquier familia que lo padezca. Una putada. En fin, un drama, del cual ya estaba prevenido. La habitación del muchacho estaba llena de libros de calidad. Era un buen lector. Y además había música por todas partes. Me llamaron la atención discos de Jethro Tull, Deep Purple o Electric Light Orchestra, entre tantos discos y cassettes, y me chocó bastante que la amiga de mi madre (¡tengo que preservar su nombre!) me hiciera tirar toda aquella música a la basura. Y los libros, que además estaban firmados. Pero era mi trabajo y tenía que deshacerme de todo aquello porque a fin de cuentas, yo no era nadie para juzgarla a ella, y eran objetos personales de su hijo. Apuesto a que si hubiera podido los hubiera enterrado con él. Y me involucré en ello porque me contó anécdotas sobre él dejándome ver que no había superado su ausencia, y me sentí partícipe de un tipo de redención maternal. Se estaba deshaciendo de los únicos recuerdos de su hijo. En algunos de los libros, entre las páginas, habían fotografías familiares…

Fue un día de trabajo duro. De subir y bajar recuerdos al contenedor de basura. Aproveché el que iba a ser el último viaje al contenedor para despedirme, me pagó y me marché a casa. Cuando entré en casa y vacié la mochila vi que había olvidado deshacerme de media discografía de Peter Gabriel —artista que conocía solamente por la canción Sledgehammer y su famosísimo videoclip repetido hasta la saciedad en todo tipo de cadenas de televisión musicales (sobre todo la MTV)—. Pensé que mi deber era lanzar aquellos discos a la basura, como había hecho con todas las pertenencias de aquel chico fallecido años atrás, pero decidí pegarles una oída por encima antes, algo totalmente inocuo para la memoria de nadie, creo.

Aquel fue el inolvidable día en que conocí a Peter Gabriel. Y hasta el día de hoy, cada vez que escucho alguno de sus temas (Solsbury Hill, sobre todo) no puedo evitar pensar en la muerte de aquel chico, la soledad de su madre y toda aquella colección de libros y de CD’s amontonados en un container. Y no sé cuál de todas esas variables es la que me atormenta más, pero no tengo intención alguna de deshacerme de los discos de Peter Gabriel. Debiera hacerlo por el añadido sentimental de aquella familia a la que pertenecieron, pero no puedo hacerlo por el valor añadido de mis sentimientos que en ellos he depositado cada vez que, escuchando alguna de sus canciones, he rememorado aquellos dos días en los que descendí al peor de los infiernos en un quinto piso de la Verneda, por cien euros.