Vamos a morir todos

¡Vamos a morir todos! es una frase que podría chillar aquella actriz rubia en la película tipo de catástrofes, o unos mocos graciosetes en un anuncio de un fármaco anticatarral. En sí misma destila cierta urgencia, miedo, sorpresa… Contextual, claro, porque, por evidencias, sí que es cierto que vamos a morir todos, todos… Menos los mocos, porque el anticatarral no funciona, como de costumbre.

Crisis de fe

Hojeo el periódico, uno de los cinco que he comprado esta mañana, ya sabéis, para ver la verdad sobre lo que pasa (y ha de pasar) en mi país. Lo hojeo tranquilamente, con calma, a sabiendas de lo que voy a encontrar. Me aburre el tema. Acabo haciendo un sudoku y leyendo un artículo sobre la muerte de Tom Petty. Me pongo meláncolico, busco en mi cajón de sastre (que también es un desastre) y encuentro un compact-disc pirata donde tengo algunas canciones de The travelling Willburys, donde tocaba con George Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison y el pelanas de la ELO (Jeff Lynne). Mientras suenan los hermanos Willbury consigo resolver el sudoku en nivel medio, que es al que juegan tanto los veteranos cobardes como los neófitos valientes. Supongo que soy más esto último. En todo lo que hago, además.

La situación es desesperante a nivel moral. A nivel espiritual. A nivel cívico. Es lo que consigo extraer de los periódicos. Además de lo psíquico, noto cierta rigidez en mis piernas y una molesta rozadura en mi ingle que me recuerda a las más de ocho horas que pasé manifestándome los días anteriores. Y aún tengo suerte. A algunas señoras les abrieron la cabeza, o les tocaron las tetas, o, en fin, ya os podéis imaginar. Cuando todas estas cosas me entran en la cabeza me voy a dar un paseo, como un asceta que sale de su cueva, en busca de un milagro que me haga recuperar la fe en la humanidad. O un poco de esperanza. Quizá me falte madurez para distinguirlas. Supongo que la fe es más para quien espera desesperadamente y la esperanza es para quien desespera del todo. Yo espero desesperadamente, pero, visto lo visto, es difícil tener fe en algo en estos días. Todo acaba roto. O lo rompe alguien. Todo lo que doy por supuesto, falla. El otro día observé a la policía (proteger y servir) repartiendo leña a la población indefensa. He visto a personas de bien defender esto. Y a personas que jamás lo harían por otros asuntos protestar durante horas por ello. Y supongo que es en estos momentos de crisis cuando las cosas que das por supuestas, como os digo, fallan. Te confunden. Y lo peor de todo, te hacen preguntarte sobre ti mismo.

Reflexiones sin justificar 20: Danny boy

26/8/17, 4:34, Barcelona.

Plena noche barcelonesa, podría decirse que plena madrugada. El centro está desierto. Aprovecho para bajar al perro a estas horas para no encontrarme con nadie que haga lo mismo, porque no me gusta mucho cruzar palabras con desconocidos del tipo: buena hora para bajar al chucho, ¿eh?, y por el estilo. Conversaciones vacías. Se escucha jaleo en alguna de las calles cercanas al Borne, probablemente un grupo de turistas borrachos, quizá borrachos autóctonos. Borrachos a secas. A pesar de ello y reconociendo esto como algo extraño, esta noche las calles no están siendo transitadas por nadie más que un servidor, su perro y algún latero que se para siempre por el escuálido pasaje que es la calle Fusina y que conecta las húmedas calles del Sabateret, Flassaders y demás con el sofisticado centro del Borne. Normalmente paseo al perro por otros lugares pero en plena crisis terrorista prefiero hacerlo cerca de casa, no por miedo, sino por comodidad. Me pregunto si esta noche, las anteriores y las que están por venir van a ser tranquilas debido a estupor por el ataque de hace ya más de una semana. Observo a mi perro hacer sus deposiciones al lado de su árbol favorito, le compro unas cervezas al latero de Fusina y redirijo mis pasos a mi casa, no sin antes observar a un grupo de borrachos (quizá el grupo de antes) avanzar desde calle Comerç cantando el Danny boy y alguna tonadilla que me hace pensar que son anglófonos (algunos que no han nacido por allí lo son siempre que beben, por asimilación de culturas), probablemente irlandeses o escoceses. Ya podrían cantar algo de los Beatles. Asumo con una mezcla de tranquilidad y amargura que, a pesar del brutal ataque terrorista, todo sigue un poco como antes. Doy tres pasos, meto la llave en la cerradura y doy por terminado el paseo nocturno.

Reflexiones sin justificar 17: Apocalypse now

Durante el rodaje de Apocalypse now Michael Sheen sufrió un infarto, le digo al chino, y también se quemaron unos decorados la hostia de caros y demás, pero Ford Coppola continuó con el rodaje. ¿Me vas a decir que tienes una excusa para no servirme otra?

Salgo del bar tambaleándome. La calle apesta a meados. Gracias a mi rollo ebrio-cinéfilo me puso otra birra más, pero en lugar de una mediana un quinto, porque ya iba bastante pasado. Me putea un taco tener que escuchar advertencias sobre el consumo de alcohol de parte de alguien que se gana la vida vendiéndolo. A pesar de todo no puedo quejarme porque es el único garito que abre toda la noche en los alrededores del Borne y me interesa estar a buenas con el dueño (que es chino pero le llamamos Jordi porque tiene un nombre impronunciable, dice él). No es que tenga por costumbre pasar la noche en bares de este tipo, pero si entiendes por costumbre algo que haces regularmente, podríamos decir que que tengo por costumbre bajar a airearme por las calles mojadas y repletas de turistas borrachos cuando no aguanto la soledad del hogar o no se me ocurre qué película ver o estoy triste o todas las opciones anteriores al mismo tiempo. Y no es que salga a la calle con la intención de meterme en ese antro de mala muerte y gastarme lo que gano (en mis cuatro trabajos mal remunerados y sin asegurar) en cerveza o garrafón, pero normalmente no aguanto mucho rato caminando por las calles estrechas, oscuras y húmedas de por aquí y aunque me siente en alguno de los bancos que hay por el parque o en Arco de Triunfo ni me siento cómodo ni mucho menos triunfante, por lo que acabo siempre por decidirme a redirigir mis pasos hacia la ruta conocida que acaba procurándome una resaca de la hostia al día siguiente, que es hoy mismo.

Ayer no bebí porque me sintiera solo, o porque no supiera qué hacer o qué película ver o, en fin, estuviera triste. Ayer fue por ella. Me volvió a enviar un mensaje, ¿te lo puedes creer? Normalmente solo me abre el WhatsApp para volver a decirme que soy una buena persona y que sigue enamorada de mí, o que me quiere, en su defecto, pero que teníamos que terminar y terminamos. A veces pienso que tiene razón y que en realidad me quería ella más a mí que yo a ella misma y que en definitiva me dejó por eso o por cualquier cosa parecida. No te lío más. La cosa es que me envió un mensaje a eso de la una de la madrugada, ya ves tú, y bajé a la calle con intención de llamarla allí para que no me escuchasen en casa mi madre o mi hermano, no por lo que puedan pensar, sino por no molestar (y a nivel de subconsciente quizá ya estaba enviándome a mí mismo hacia una borrachera). De hecho fue pisar la calle y decidirme a no contestarle al mensaje. ¿Que qué me escribió? Me preguntó, o me dijo, tenemos en cuenta que ella ya sabía la respuesta, si sabía el porqué de haber terminado nuestra relación. No, no, yo no le he contestado. Tampoco creo que me importe la respuesta y ella no la necesita, porque ya la conoce.

A veces me parece que solamente me envía mensajes para intentar torturarme. Para hacerme reaccionar. Ya sabes que soy un tipo pasivo. Está picada porque en el momento de dejarme no solté una lágrima y me lo quiere hacer pagar. Sabe que detesto el rollo, el reciclaje de sentimientos que supone decirle a tu pareja todo lo que te gusta de ella justo después de dejarlo todo para evitar el sufrimiento. El sufrimiento llega cuando ha de llegar, sí. Toda esa basura de que soy una buena persona, y eso, es lo que me revienta. Es lo que me hace ir al bar de nuevo a pegarle otro susto a la úlcera y a reventar lo poco que queda de mi sistema neuronal. La próxima vez le pediré que si me vuelve a enviar un mensaje sea para insultarme, aunque no le apetezca.

 

Reflexiones sin justificar 16: el pez espada

Barcelona, 15:32, atravesando un desierto de resacas y cambios.

Yo le dije que creía que somos todos un poco como el pez espada de El viejo y el mar; una idea materializada en carne que emerge con todo su esplendor ante los ojos del mundo pero que no puede evitar ser despedazada por los tiburones durante el trayecto que separa su nacimiento de su desaparición. Y también le dije que del pez espada aún quedaban las raspas, a fin de cuentas, la aguja y un te quiero, restos mortales de lo que es la quimera de la vida nuestra.

Reflexiones sin justificar 15: el Banquete de Platón contado a incrédulos

Barcelona, 17:58.

Cuando uno lee cualquier enseñanza platónica puede flipar en colores casi seguro porque el 98% de lo explicado es ficticio y en forma de diálogo. El Banquete no está lejos de esto, pero tiene una verdad detrás que lo universaliza, lo hace nuestro. Observamos un simposio de borrachos, hasta el culo de vino, hablando del origen de Eros, del amor. Gente variopinta; un médico, un joven, un cómico… Sócrates, el protagonista de la filosofía platónica y el más viejo de la sala es quien cierra la reunión, explicando la teoría de la media naranja, que viene a decir que cuando nacemos hay alguien por ahí suelto que es la mitad que nos falta (cómo no, explicado esto a través del mythos y demás). Lo mejor de todo es que, de todas las versiones que leemos del origen del amor, no podemos deducir quién es más sabio. Leemos una conversación, un simposio entre sabios y jóvenes. No se habla del amor porque se quiera conversar sobre él, se le está invocando. Cada hombre intenta durante el banquete resultar como el más atractivo para los demás por medio de la sabiduría, porque el hombre sabio es bello, la sabiduría es la verdad y la verdad es el bien. ¿Y la verdad? La verdad flota en el ambiente gracias al vino, ¡in vino veritas!

Sin que se lea esto, deduce uno que después de filosofar, todos follan entre sí como conejos. Evidentemente el objetivo principal de toda atracción sexual es Sócrates, que es feo —feísimo, cuenta la leyenda— y viejo, pero es sabio. Sabio, sabio, sabio. También es por su edad y experiencia el que mejor aguanta la bebida. Después de que todos se queden durmiendo la mona (tras semejante bacanal se entiende) Sócrates coge y se marcha sin necesidad de dormir, se lava en una fuente y se marcha al ágora a filosofar para el pueblo, totalmente entero, aunque también es verdad que los viejos duermen poco, pero eso es otro asunto.

Reflexiones sin justificar 14: el de la Morsa

14/7/17, Barcelona, escuchando el Magical Mistery Tour.

J estaba ya muy harto de ser bigger than Jesus. Él y sus tres amigotes; R, G y P, que además eran sus compañeros en la banda que tanta fama les había granjeado. Ese éxito que le hizo decir cierto día (quizá con algo de mala pata) que ellos eran más famosos que Jesús, algo que incluso provocó tensiones dentro del grupo. La fama es complicada, J lo sabía mejor que nadie. Todo el mundo se hacía eco de sus vidas privadas. Habían rumores acerca de ellos, la gente lo relacionaba todo con las drogas, especialmente con el LSD, y como si ellos se tratasen de poetas, los “entendidos” en la materia comenzaron a inventarse teorías extrañas respecto a sus canciones y sus letras. Los más ortodoxos las relacionaban con el consumo de drogas, los más atrevidos inventaron que P había muerto y el actual P era un doble ¡qué locura!

En un momento de cansancio respecto a estas pesquisas —que en realidad siempre hacen su aparición junto a la fama en sus diversas formas— J decidió crear a la Morsa. La Morsa iba a ser un golpe de efecto en las prácticas de todos los “entendidos”. El final de ellos, iba a ser. Con la Morsa iban a demostrar que a veces no todo puede tener un reflejo en la realidad. No todo se puede interpretar. Si bien, seguro que alguien iba a relacionarlo de nuevo con las drogas, pero contra eso no podían hacer nada y el plan era el siguiente; crearían una canción tan irracional, psicodélica, absurda y surrealista que cualquier intento de interpretación por parte del público sería tanto o más absurdo. Y la Morsa iba a ser su protagonista.

El resto es historia. A día de hoy la letra sigue diciendo lo mismo —algo que es una ventaja de la escritura, claro, es imperturbable—; perros muertos cuyos ojos gotean sustancias amarillas, cerdos corriendo y volando, gente que toma el sol bajo la lluvia en un jardín inglés… personajes de todo tipo, un hombre huevo y, por encima de todos ellos, J, la Morsa y las ganas de escapar de la fama de un grupo de chavales de Liverpool.

Reflexiones sin justificar 13: In the court of the Burger King

Barcelona, 4:34, 13/7/17.

Acabo de dilapidar la pequeña fortuna (20 euros, más de tres mil de las antiguas pesetas) que he ganado con la venta de un vinilo antiquísimo de King Crimson, edición de coleccionista. La he gastado en unas hamburguesas del Burger King y en un par de litros de cerveza en un pub con bastante solera. Cuando iba por la tercera pinta le he pedido al camarero que reprodujera alguna canción de los Crimson, pero me ha dicho que no los conocía y de inmediato, se ha quedado sin propina —si es que algún día la mereció o si en todo caso hubiera tenido liquidez para dársela aunque él hubiera sido un fan acérrimo del grupo— . Un tipo (otro borracho asqueroso, para ser exactos) del bar se ha acercado y cantando el principio de In the court of the Crimson King y ha conseguido apaciguar mis ánimos, cuando estaba a punto de saltar la barra del bar para hacerme con el control de la música. Cuando he salido del pub (bar, tasca, taberna o lo que sea que fuese),  después de cantar varias canciones con el borrachín simpático que me estaba siguiendo el rollo, he mascado un trozo de hamburguesa (simple, carne frígida, cebolla a trocitos, queso, kétchup, pepinillo y pan) con pena y he echado de menos a mi LP, en silencio, pensando que al menos, habrá ido a parar a algún sitio mejor. Al cielo de los LP antiquísimos donde se juntan todos los trabajos musicales bellos y antiguos para ser escuchados por un dios melenudo y solitario que no los cambie por una cena en una cadena de comida rápida y un par de cervezas. Nunca me había dolido tanto el reciclaje.

Reflexiones sin justificar 12: sentimientos por dos euros

11/7/17, 23:36.

Me encanta el día de SANT JORDI… rosas rojas de amor, libros y cultura. ¿Se puede pedir más? Yo creo que no, pero yo… seguiré pidiéndote a ti.

TQ.


Carol, 23/4/07

Encuentro esta profunda dedicatoria en un libro (Fundación, de Isaac Asimov) de segunda mano que compré en el ReRead de plaza Universidad, en Barcelona. Al parecer formó parte del tradicional intercambio que se produce en Sant Jordi, ellos regalan rosas a sus queridas y ellas libros a los suyos. Actualmente están cambiando las tornas, pero eso no es lo que me preocupa respecto a esta dedicatoria, que tiene diez años —la edición es de 2006, lo que nos dice, para empezar, que Carol le compró a su novio un libro de primera mano—. Lo primero que pensé al leerla es que, casi seguro, él se deshizo del libro al terminar la relación. Esto ocurre muchas veces. Cuando dejamos de estar con alguien intentamos librarnos de cualquier regalo que nos haya procurado durante la relación. Un acto comprensible pero inútil y casi enfermizo. Al leer la dedicatoria me pregunto, ¿cuánto tardarían en romper? ¿Sabría él que no la quería para entonces y aceptó el regalo con falsos agradecimientos? ¿Le correspondería a ella con una rosa? ¿Con un ramo? Quizá fuera ella la que le dejó a él y este se libró del regalo para no recordarla ya más…

Muchas preguntas. A lo mejor Carol y el muchacho, que gustaba de las novelas de ficción de Asimov (seguro que de otros como Bradbury, Wells y tal) siguen juntos y están casados y el libro acabó en una tienda de segunda mano por problemas con una mudanza. ¿Quién sabe? Lo único que se puede deducir con seguridad de todo esto es que el libro, que fue de alguien a quien se amaba profundamente, es ahora mío. ¡Por dos euros!