Reflexiones sin justificar 14: el de la Morsa

14/7/17, Barcelona, escuchando el Magical Mistery Tour.

J estaba ya muy harto de ser bigger than Jesus. Él y sus tres amigotes; R, G y P, que además eran sus compañeros en la banda que tanta fama les había granjeado. Ese éxito que le hizo decir cierto día (quizá con algo de mala pata) que ellos eran más famosos que Jesús, algo que incluso provocó tensiones dentro del grupo. La fama es complicada, J lo sabía mejor que nadie. Todo el mundo se hacía eco de sus vidas privadas. Habían rumores acerca de ellos, la gente lo relacionaba todo con las drogas, especialmente con el LSD, y como si ellos se tratasen de poetas, los “entendidos” en la materia comenzaron a inventarse teorías extrañas respecto a sus canciones y sus letras. Los más ortodoxos las relacionaban con el consumo de drogas, los más atrevidos inventaron que P había muerto y el actual P era un doble ¡qué locura!

En un momento de cansancio respecto a estas pesquisas —que en realidad siempre hacen su aparición junto a la fama en sus diversas formas— J decidió crear a la Morsa. La Morsa iba a ser un golpe de efecto en las prácticas de todos los “entendidos”. El final de ellos, iba a ser. Con la Morsa iban a demostrar que a veces no todo puede tener un reflejo en la realidad. No todo se puede interpretar. Si bien, seguro que alguien iba a relacionarlo de nuevo con las drogas, pero contra eso no podían hacer nada y el plan era el siguiente; crearían una canción tan irracional, psicodélica, absurda y surrealista que cualquier intento de interpretación por parte del público sería tanto o más absurdo. Y la Morsa iba a ser su protagonista.

El resto es historia. A día de hoy la letra sigue diciendo lo mismo —algo que es una ventaja de la escritura, claro, es imperturbable—; perros muertos cuyos ojos gotean sustancias amarillas, cerdos corriendo y volando, gente que toma el sol bajo la lluvia en un jardín inglés… personajes de todo tipo, un hombre huevo y, por encima de todos ellos, J, la Morsa y las ganas de escapar de la fama de un grupo de chavales de Liverpool.

Reflexiones sin justificar 11: la del pulpo

9/7/17, 22:06, Barcelona, escuchando Octopus’s garden.

El caso de R. se trataba, simple y llanamente, de una falta de talento muy llamativa en lo que a composición refiere. Era un intérprete capaz, carismático, brillante y elocuente, pero la composición no era lo suyo. Durante su apogeo con los B. figuró como cantante en varios éxitos del grupo, pero solamente compuso uno de dichos éxitos (la del pulpo) y, se inspiró, precisamente, durante unas vacaciones casi forzadas, después de una tensa separación con sus compañeros debido a su poca adaptación al cambio de rumbo estilístico de la formación, que había pasado de ser una boy band (eso sí, con más números uno que nadie) a ser un conjunto que experimentaba con la psicodelia, las tendencias asiáticas de la India y demás. R. no supo adaptarse a estos cambios, en fin, y durante algunas sesiones de estudio, en las que se registraba al mismo tiempo que se componía y se producía, se le podía ver totalmente ajeno al resto de la banda, dedicándose a los juegos de mesa con los técnicos de sonido.

Después de la separación del grupo, la torpeza de R. respecto a la reivindicación de su protagonismo dentro de la ya extinta banda le valió para ser, a priori, el escarabajo más exitoso en solitario. Su falta de protagonismo dentro del grupo le ayudó a no desarrollar ninguna enemistad (o parecidos) con ninguno de sus compañeros, por lo que pronto estos siguieron componiendo temas para él, que aparecerían en sus discos en solitario. Con el tiempo, sus compañeros se sumergieron en sus propios proyectos y R. se dedicó a la producción de trabajos de otros artistas e incluso a la actuación. Vio morir a dos de sus amigos (J. y G.) y permaneció vivo, siendo uno de los últimos emblemas de la invasión británica del Rock and Roll, casi octogenario, emotivo, aún en activo y siempre alegre, recordando todavía sus tiempos con los B., quizá felices, en los que prefirió dedicarse a ser él mismo en detrimento a su fama, en este caso, como compositor.

Por cien euros

Todavía recuerdo aquel día como si fuera ayer. Tenía un par de años menos que ahora y un par de decenas de quilos menos también, y algo más de pelo. Corría el verano de 2015 y todavía no había comenzado mi periplo universitario. Lo que sí que hacía desde un mes atrás era trabajar. Trabajar en cualquier cosa. Llegué a pensar que hacía favores por dinero (creo que en realidad de eso es de lo que se trata). La cuestión es que aquel día iba a casa de una amiga de mi madre a limpiar y bajar trastos. Era una mujer extraña, la amiga, me avisaron, y la verdad es que lo era, y mucho. Una gran fumadora de maría, que incluso en su tiempo tuvo alguna de las primeras tiendas del género en Barcelona. Una tipa de unos cincuenta y pocos, eso sí, jovial, simpática y de lo más cercana. Con la advertencia de sus rarezas bajo el brazo, seguí todas sus órdenes durante un par de días, con el objetivo de procurarme un par de billetes para subvencionar mis salidas nocturnas (¿qué si no?). Me pidió que comenzase por limpiar algunas ventanas, algo que no había hecho yo nunca y que por el aspecto de los vidrios diría que ella tampoco, por lo que lo hicimos como pudimos. Luego vacíamos un par de habitaciones y movimos muebles, hasta que tocó arreglar y acondicionar la habitación de su hijo. Su único hijo. Al parecer el chico había fallecido tiempo antes, bastante tiempo. Una afección hepática o algo así que lo borró del mapa de golpe. Algo que te toca cuando lo oyes hablar a otro, y un infierno para cualquier familia que lo padezca. Una putada. En fin, un drama, del cual ya estaba prevenido. La habitación del muchacho estaba llena de libros de calidad. Era un buen lector. Y además había música por todas partes. Me llamaron la atención discos de Jethro Tull, Deep Purple o Electric Light Orchestra, entre tantos discos y cassettes, y me chocó bastante que la amiga de mi madre (¡tengo que preservar su nombre!) me hiciera tirar toda aquella música a la basura. Y los libros, que además estaban firmados. Pero era mi trabajo y tenía que deshacerme de todo aquello porque a fin de cuentas, yo no era nadie para juzgarla a ella, y eran objetos personales de su hijo. Apuesto a que si hubiera podido los hubiera enterrado con él. Y me involucré en ello porque me contó anécdotas sobre él dejándome ver que no había superado su ausencia, y me sentí partícipe de un tipo de redención maternal. Se estaba deshaciendo de los únicos recuerdos de su hijo. En algunos de los libros, entre las páginas, habían fotografías familiares…

Fue un día de trabajo duro. De subir y bajar recuerdos al contenedor de basura. Aproveché el que iba a ser el último viaje al contenedor para despedirme, me pagó y me marché a casa. Cuando entré en casa y vacié la mochila vi que había olvidado deshacerme de media discografía de Peter Gabriel —artista que conocía solamente por la canción Sledgehammer y su famosísimo videoclip repetido hasta la saciedad en todo tipo de cadenas de televisión musicales (sobre todo la MTV)—. Pensé que mi deber era lanzar aquellos discos a la basura, como había hecho con todas las pertenencias de aquel chico fallecido años atrás, pero decidí pegarles una oída por encima antes, algo totalmente inocuo para la memoria de nadie, creo.

Aquel fue el inolvidable día en que conocí a Peter Gabriel. Y hasta el día de hoy, cada vez que escucho alguno de sus temas (Solsbury Hill, sobre todo) no puedo evitar pensar en la muerte de aquel chico, la soledad de su madre y toda aquella colección de libros y de CD’s amontonados en un container. Y no sé cuál de todas esas variables es la que me atormenta más, pero no tengo intención alguna de deshacerme de los discos de Peter Gabriel. Debiera hacerlo por el añadido sentimental de aquella familia a la que pertenecieron, pero no puedo hacerlo por el valor añadido de mis sentimientos que en ellos he depositado cada vez que, escuchando alguna de sus canciones, he rememorado aquellos dos días en los que descendí al peor de los infiernos en un quinto piso de la Verneda, por cien euros.

Clapton es dios.

Clapton es dios,
dijimos los dos
sujetándonos
con un brazo
rodeando el cuello
del otro.

Clapton es dios.

La poca carne
que cubría nuestros huesos
temblando,
y los dientes
ciertamente
castañeando al ritmo
de Layla.

Clapton es dios.

Un gato negro
huye
temeroso de cruzarse
en nuestro camino,
y la luna se pone
para que el sol ilumine
y caliente,
y el concierto de dientes
termine
y comience
la buena suerte.

Si Clapton de verdad es dios,
y es omnipresente,
que toque él la siguiente.

Poesía de Robe Iniesta.

Para los que (aún) no lo sepan, soy un gran fan del grupo Extremoduro. Un grupo de rock extremeño, de letras sólidas, poéticas y críticas con el sistema que lleva treinta años dándonos alegrías a los que, como yo, son amantes tanto de la poesía como de la música rock. Sus letras suelen hablar de amor, sexo, drogas o violencia. Suelen hablar de la vida desde los ojos de Roberto Iniesta, su vocalista y letrista, que además es, probablemente, uno de los poetas de referencia en los últimos años. Uno de estos hombres que demuestran que la música tiene en sí una parte de literatura que también merece la pena. Y mi deber como poeta es amar la poesía, con lo que os extiendo aquí delante algunos de mis fragmentos favoritos de las letras de Robe Iniesta. De las poesías que, sin lugar a dudas, salen de la amarga experiencia de otro de los grandes poetas del realismo sucio, en este caso, español. Aquí van tres de las que creo sus mejores letras. Espero que las disfrutéis y os animéis a escuchar algo de la música que crean.

Qué borde era mi valle

Hoy que me encuentro vacío
vamos a saltar del puente
a ver si caemos al río
al mismo de siempre.

Dices que no te hago caso,
es que tuve que irme lejos,
pero te prometo que doy pasos
sin tocar el suelo…

Deltoya

Es menester, en la cañada
dejar el arroyo con sus ruidos
y yo me quedo en casa
no necesito
tenerte cerca cuando vomito…

La vereda de la puerta de atrás

Y si fuera
mi vida una escalera
me la he pasado entera
buscando el siguiente escalón
convencido, que estás en el tejado
esperando a ver si llego yo

[…]

Si me espera
la muerte traicionera
y antes de repartirme del todo
me veo en un cajón
que me entierren
con la picha por fuera
pa’ que se la coma un ratón.

Old time Rock and Roll.

En la radio Bob Seger y
en la copa
algo de whiskey aguado
(fue on the rocks
hace ya un rato).

¡cómo pasa el tiempo
cuando estoy mamado!

El Bob Seger de los cojones:
me gustaría marcarme
un Tom Cruise en Risky Business
y bailar en solitario
pero estoy fofo
y demasiado borracho
y la canción se terminará
mucho antes de que yo haya bailado.