Esto es otra terapia literaria que no funciona

Elaboro el poema, sórdido pero necesario,
nacido por mí (pero no parido)
en una cuna de eufemismo, simpatía y deseo.

Junto a él duermen, hermanos gemelos,
enfermedad y muerte y rabia y celos
o inspiración, si así quieres llamarlo
aunque no importa,
yo los abandono a todos
antes de ponerles nombre siquiera,
deseando que todo lo malo que les trajo a la vida
se quede con ellos para siempre en el texto
y yo me vaya en silencio,
abandonándolos en la memoria
y liberándome en el trayecto,
a veces.

La invalidez del escritor

No les digas a tus conocidos que eres escritor. Es una maldición o algo parecido. Además, no sirve de mucho. Algunos te leerán al principio pero pronto se cansarán o lo asimilarán y dejarán de darle importancia. Puede que alguno te pida que le firmes un libro, si es que publicas. Lo más seguro es que te pidan que les regales un libro. Qué más da, al final eres un escritor y estás condenado a morir de hambre o de sífilis, quizá de sobredosis, y lo que menos importará será cómo te ganes el sustento. Conocí a un tío que vivía aquí al lado, en Plaza Letamendi, que les contó a sus padres que había publicado un libro de poemas. Al día siguiente le pusieron una maleta en la puerta y le dijeron que se buscase un trabajo de verdad y que volviera cuando estuviera casado o no volviera nunca. Creo, porque supongo que lo intentaría, que intentó buscarse algún currelo por aquí, en Barcelona, pero no consiguió una mierda y al final acabó pidiendo al lado de la sucursal que hace esquina frente al estanco donde vas tú. Si hubiera publicado su libelo  sin decir ni pío no le habrían echado de casa, pero parte del frenesí literario del escritor recae en la necesidad de ser leído, lo cual empuja a que uno vaya contando por ahí que se dedica a las letras. De hecho, contándote todo esto, me viene a la cabeza que los escritores deberían de ser considerados inválidos para el trabajo. Un hombre puede estar toda la vida trabajando en la obra y si hoy publica un libro de relatos mañana no podrá ni levantar la pala. Es así. Cuando uno piensa que puede ganarse la vida escribiendo ya no quiere hacer otra cosa. Y luego ocurre que algunos no consiguen triunfar y, seamos sinceros, ¿cómo le vas a pedir a un tipo que se ha estado ganando la vida escribiendo en un ordenador que se levante cada día para ir a taladrar, martillear, romper, demoler, cocinar, limpiar o vigilar? No conseguirías nada. Se morirían por dentro. No saldrían adelante o se alcoholizarían. O peor aún, abrirían un blog como este.

El tiempo lo cambia todo

El tiempo lo cambia todo. ¡Y una mierda! Seguro que eso te han dicho alguna vez y te lo has tragado sin remedio esperando que fuera verdad y que todos tus males se desvanecieran con el girar de las manecillas del reloj. Pues no. No. Nunca ha sido así, perdona que te diga. Es otra mentira que se han inventado los americanos, como la Coca-Cola o San Valentín. Yo te diré lo que te pasará. Un día sentarás tus almorranas sobre el taburete de un bar después de haber estado doce horas seguidas en la carretera y le pedirás al camarero una cerveza fría como el hielo para humedecer tus labios, marchitados por el frío y el tabaco. Mientras el camarero sirva esa cerveza entrarán por la puerta del bar un grupo de jóvenes de fiesta, probablemente dos parejas, y los verás reírse, hacer bromas, tomarse un cubata y puede que meterse mano debajo de la mesa, como solías hacer tú cuando tenías su puta edad. Y te acordarás de ti, te acordarás de tu juventud y te acordarás de ella. Y entonces te darás cuenta y te dirás, oh, ya puedo verlo, pensarás que tenía razón, que el tiempo es una mierda y que no sirve para más que esconderse de lo que tendrías que afrontar de cara. Luego volverás al volante y conducirás durante otras doce horas pensando en todo lo que habías tratado de olvidar durante tanto tiempo y puede que la llames, desquiciado, intentando provocar en ella algún tipo de nostalgia parecida a la que sientes tú. Y quién sabe, puede que lo consigas, al final todos estamos hechos del mismo material y nos rompemos por el mismo sitio. Puede que conciertes una cita con ella, después de tantos años. Si eres espabilado te acordarás del pub al que acostumbrabais a ir juntos las noches del fin de semana. Allí, sí, por qué no, donde pasaste tan buenos ratos con ella. Donde tomaste tus primeras cervezas y la conociste un verano de vete-tú-a-saber-qué-maldito-año. Ella también pensará que es buena idea (ya sabes, la misma carne) y te dirá que sí, que podríais veros ahí, cómo no, la noche del viernes, después de cenar.

Y os encontraréis. Y los primeros minutos serán entretenidos, probablemente, porque hace años que no sabéis una mierda el uno del otro y os tendréis que contar lo que se cuenta todo el puto mundo cuando se ignora durante un tiempo. Que si vuestros padres han muerto o están internados en un asilo donde, ojo, no les atan a la cama. Que si estuvisteis casados y/o tuvisteis algún crío o si perdisteis la visión de un ojo por culpa de una caída en moto o una pelea con tu cuñado en la boda de tu hermana. Eso ocurrirá. Cuando os hayáis contado las cuatro gilipolleces que se han dado durante la ausencia del otro os quedaréis callados. ¿Para qué decir nada? Veréis que no habéis cambiado. El tiempo no ha hecho mella en vuestras miserables vidas y os seguís conociendo como si no os hubierais perdido la pista jamás. Se producirá un silencio. Puede que aproveches para pedir otra cerveza. Puede que lo haga ella. Probablemente cuando lleguen las cervezas os digáis algo así como por los viejos y buenos tiempos y brindéis. Luego se producirá otro silencio producto de la confianza y ella te dirá: parece que el tiempo no nos ha cambiado nada. 

Tormenta

Me perdí cuando me encontraste,
yo que estaba arreglado,
entraste por la puerta sin avisarme
y se desvaneció mi nueva vida,
mi tranquila vida nueva,
mi vida de mierda,
de nuevo, en medio de otra tormenta.

Yo que le había rezado
a cuatro o cinco dioses diferentes
para que nunca más volvieras.

Me veo de nuevo en la urgencia
de encontrar la manera
de que no me quieras,
de que no me busques,
de que no vuelvas.

Pero tú siempre me encuentras,
como los puños a las puertas,
como las moscas a la carne muerta
y como la raíz a la tierra.

Piedras en mi tejado

¿Qué es poesía?, me preguntas. Poesía son un montón de chicos malos y tarados —sin paga— pegándose navajazos entre ellos y bailando un vals mugriento y oxidado para llamar la atención de un público que no existe ni existirá nunca.

Y también eres tú, claro.

Feliz Año Nuevo

Ha pasado un año más. Sigo sin saber qué es la vida pero estoy vivo. No sé qué cojones hay después de la muerte y sigue muriéndose gente aquí y allá, lejos y cerca, conocida y extraña. Todavía no he aprendido lo que es el amor pero tiene que estar por ahí esperándome, supongo. Del odio me he olvidado aunque empiezo a pensar que nunca supe realmente lo que era ni lo experimenté de veras hacia nadie. Aún no sé ni qué soy, ni de dónde cojones vengo ni a dónde voy. No he plantado un árbol (me he meado en algunos, así que al menos los he regado) ni he tenido un hijo (eso espero) ni he escrito un libro (¿algún día?) pero me queda tiempo. Y al final, sin rodeos, eso es lo que ha pasado; el tiempo. Eso es lo que pasa todo el rato mientras ocurre todo lo demás. Hace un minuto era el año pasado y ahora es el Año Nuevo. Es extraño. Es difícil. Es antiguo. ¿Tiene sentido? Qué sabré yo, al fin y al cabo para mí no ha sido tanto tiempo. En fin…, supongo que tampoco sé lo que es el tiempo… pero estoy en él, lo quiera o no, y en momentos tan extrañamente metafóricos y significativos como estos puedo notar como se esfuma entre mis dedos, cómo ese tiempo se lleva a algunas personas consigo y trae a otras nuevas. Cómo consigue que en nosotros muden algunos sentimientos y vengan otros tantos y cómo consigue que, año tras año, estemos más lejos del principio y más cerca del final, pero, curiosamente, todo forme parte de una especie de ciclo. Un ciclo que, efectivamente, hoy termina para que mañana empiece otro nuevo. Otro donde todo siga su curso y, quién sabe, donde puedan haber más cambios y, ojalá, de los buenos.

Por todo eso, supongo, por qué no, feliz Año Nuevo.

Cara o cruz

Camino con dos pies izquierdos,
dando vuelcos espasmódicos
como una moneda que tiras
y hace tirabuzones en el aire
mientras esperas que esta vez
salga cara y no cruz.

Ya ves tú,
qué suerte la nuestra
si tuviéramos esa moneda.
Ya solamente nos quedan problemas
y un montón de decisiones
de esas que también son problemas.

Opciones laborales

Empujé el último trozo de bocadillo con los dedos índice y corazón y lo hice bajar con un trago de cerveza mala y caliente hasta mi estómago. Salí del café cruzando los dedos, no quería que me volviera a sentar mal la comida pero, lamentablemente, mi digestión era la principal víctima de mis ataques de nervios y aún me rondaba por la cabeza lo que me dijo mi socio durante la cena de empresa navideña de la semana anterior. Creo y podría afirmar que si hubiera tenido una pistola le hubiera pegado un tiro en su cara limpia y recién afeitada de ejecutivo, pero no la tenía y tan solo le reventé una botella de champán entre el cuello y el hombro, manchándole la americana. El tío se quedó temblando como una tira de panceta en la parrilla y todo el mundo se quedó en silencio mirándome blandir el cuello de la botella; arrastraba por medio de la etiqueta algunos pedazos de cristal  que goteaban un poco del magnífico espumoso.

En fin, salí del café. Hacía un frío terrible que se metió por el bajo de mis pantalones y me llegó hasta la espalda en forma de escalofrío. Ya no me importaba mucho coger una gripe porque volvía a formar parte del paro a raíz de lo ocurrido durante la cena de empresa, así que decidí caminar un rato para bajar el bocadillo y aprovechar un poco el sol del mediodía en Barcelona; en un día de invierno puede sentar tan amable y liberador como una caricia en medio de una paliza, pero quizá pudiera pensar un rato tranquilamente sobre mis opciones laborales. Di con mis pies en un concurrido y céntrico parque plagado de “perroflautas” tocando la guitarra y haciendo malabares, turistas haciéndose fotografías y, bingo, vendedores ambulantes de bebidas. Abrí una lata de cerveza y senté mi culo de parado en un banco de madera situado frente a un saxofonista que intentaba tocar una versión jazzística de un famoso villancico. Puede que fuera Oh, blanca Navidad o Noche de paz, qué importaba, lo hacía rematadamente mal, pero qué sé yo, es Navidad, pensé, y le lancé una moneda de cincuenta céntimos a la funda con forma de saxofón que tenía a sus pies. Menudo cabrón, me dije, con la excusa de la Navidad habrá hecho unos veinte euros en toda la mañana. Me fui entre risas, abriendo otra lata y buscando un sitio más silencioso donde pudiera pensar en mi negro futuro. Llegué al estanque de las ocas (o quizá gansos, patos o cisnes, no entendí nunca de ornitología) y me senté a mirar a una familia que había alquilado un bote. Estaban todos bastante gordos, observé, debían ser norteamericanos o ucranianos, quizá rusos, eso sí, gente de pasta. Los hijos (un niño y una niña con aspecto de anuncio de chocolates) hacían aspavientos mientras la madre les intentaba hacer callar. La situación ponía de los nervios al padre de familia. Le caían gotas de sudor de la frente al polo que vestía mientras intentaba controlar los remos de la pequeña barca en vano, chocando repetidamente con una de las esquinas del estanque. Apuesto a que si hubiera tenido una pistola la hubiera utilizado, pero no la tenía. La situación se saldó con un sonoro bofetón a uno de sus hijos. La madre igualó la sentencia y sacudió otro guantazo al segundo de los hijos, corrigiendo la falta de justicia del padre. Yo observaba la riña divertido mientras abría otra cerveza, la última, y oteaba en la distancia intentando localizar a alguno de los vendedores que rondaban por el parque en previsión de comprar alguna cerveza más. No vi ninguno, decidí pirarme. De camino a casa me crucé con un vecino al que saludé con un movimiento de cabeza, compré una barra de pan para el bocadillo de la cena (tenía que ahorrar durante el tiempo que tardase en encontrar un nuevo trabajo) y eché una quiniela. Si me toca, me compro un saxofón y pruebo suerte, me propuse. No podía ser tan difícil aprender a tocar villancicos y así solucionaba mis opciones laborales de golpe, al menos provisionalmente.

 

Postal navideña

Estaba de paso,
siéntate al lado mío
y nadie más te va a mirar a la cara,
si quieres,
si aguantas el olor
a persona oxidada.

vaya chispazo de luz,
la muerte inesperada,
una explosión en la historia
sin pensamientos de por medio,
un grito en la oscuridad
mucho más interesante
que la muerte de un viejo,
solitario y enfermo,
aullando como un perro
por una botella de cerveza
mientras se baja los pantalones
esperando a no mearse encima.

celebro la Navidad
rodeado de muertos
y envoltorios de regalo
de otros tiempos.

dejo la dentadura
en un vaso lleno de elixir
y me acuesto otro día más
sin haber parido a un árbol,
sin haber escrito un niño
y sin haber plantado un libro,
pero hoy no es un día cualquiera,
supongo,
por eso te felicito.

siéntate al lado mío…