Una tautología que mata

Mañana seré un poco más
sabio,
bello,
viejo
y muerto,
aunque ayer no fuera
tonto,
vivaz,
joven
y feo.

Supongo que hablamos de un
PROCESO
lento e indetectable,
quizá absurdo
y seguro que erróneo en mis razonamientos.

Pero es un PROCESO eficaz
si el fin justifica los medios;

los medios son que eres
bello y sabio,
joven,
tonto,
viejo
y feo.

El fin es que estarás muerto.

El camino

Hemos cruzado algunos infiernos

y luego hemos rodado por el suelo

cubiertos en llamas

esperando una nueva oportunidad

para meternos de nuevo en el fuego;

no nacimos para vivir tranquilos

o para pasar noches en el dulce hogar

viendo la TV y durmiendo ocho horas

para trabajar como cabestros

a cambio de un sueldo que no compensaba

nuestro amargo y cíclico sufrimiento;

nacimos para abrirnos paso

como el tiempo a través del tiempo

y como el viento

a través del viento,

dentro de una rueda sin sentido y con un final incierto;

nacimos porque sí,

porque nos tocó nacer

y porque tampoco había remedio.

Y porque no hay remedio

y nos tocará como a todo hijo de vecino

también moriremos;

y por ello lo único que tiene sentido

durante el trayecto (angosto,

sufrido, escarpado y fútil,

mierdoso y abyecto)

es completar la travesía;

y lo que ocurra durante el viaje

no cambiará más que el lugar en el que seas enterrado,

o el material de tu ataúd

o la calidad de la mortaja en que te hayan metido,

pero nada podrá evitar que seas pasto de los gusanos

y esa es la única verdad que tiene que acompañarte durante el camino

y es lo único que tiene que preocuparte mientras estés vivo.

Ochenta años

Ochenta años.

 

Ocho décadas

con sus dieciséis lustros

llenos de semanas,

días, horas,

minutos y segundos.

 

Ochenta años de ronquidos,

de toses,

de trabajos (voluntarios,

forzados, pagados

y sin recompensa alguna

además de lo que has sudado).

 

Ochenta años de carnes rojas nerviosas,

de vinos baratos

mezclados con gaseosa

y de tabacos negros,

rubios industriales

y habanos en las bodas.

 

Ochenta años y pico

de depresiones y alegrías

y calmas y sorpresas

y de no dormir bien por las noches

sin un trago de cerveza.

 

Ochenta años de materialismos,

hipertensiones, tumoraciones,

nacimientos y defunciones;

 

es todo el tiempo que tienes

según las previsiones,

para probar lo que no has probado

y conocer lo que no conoces;

 

y luego te mueres todo el rato.

Podredumbre hereditaria

Tenía razón la vieja;

<<en esta vida pasajera

recoges lo que siembras>>;

pero yo no,

no he sembrado una puta mierda

y me pudro en la miseria,

sin nada más que su sangre

que me corre por las venas;

pudriéndome, digo,

pudriéndome en vida como se pudrió ella.

Error amor

Si lo bueno de cometer errores es aprender de ellos, ¿quién me asegura a mí que lo correcto no es cometer errores todo el rato?

La naturaleza del amor. Estuvimos hablando del tema un buen rato, quizá unas tres horas, como si de verdad supiéramos algo de ello y creyéndonos lo que decíamos gracias a la a menudo indigesta mezcla de una amarga autocomplacencia junto a una muy acentuada confianza en nosotros mismos. Puede que entre los dos juntásemos un par de polvos mal echados y algún amor de verano, sí, y puede que la naturaleza del amor pudiera ser escrutada solamente desde esas pequeñas experiencias, también sí, pero no íbamos a ser nosotros los que pudiéramos darle luz al asunto a base de cervezas y algún canuto. Estábamos en un bar de copas situado frente a una gran casa donde se hallaba una de las pensiones más famosas o infames de la ciudad. Era sin duda uno de aquellos hospicios en los que no se sirven desayunos por la mañana y en los que se paga por horas la estancia, la cual solía estar habitada por parejas o tríos, dependiendo de la magnitud de las transacciones. Nos sentábamos en la terraza a ver subir y bajar a las mismas prostitutas con distintos clientes (o con los mismos, o con otros de otros días que volvían a repetir) mientras hablábamos de eso, del amor. Yo apunté, dado el caso, que me extrañaría mucho que alguno de esos hombres, en caso de estar casado, respetase o quisiera a su esposa. Luego me dije que, además, me extrañaría que alguno de esos hombres se respetase o quisiera a él mismo, con independencia de estar casado o no, de ser ejecutivo o empresario, camionero o profesor de economía, o lo que coño fueran. Eran almas a la deriva que utilizaban su dinero para sentirse superiores a alguien y, en definitiva, para verse atractivos en los ojos de alguien o queridos por alguien que no fueran ellos mismos, en caso, como digo, de que se quisieran a ellos mismos. Mi interlocutor iba diciéndome que sí a todo, liando cigarrillos y llamando al camarero con la mano para pedirle más cervezas mientras yo iba aseverando esta clase de afirmaciones con el ceño fruncido y un poco borracho. No sabíamos una puta mierda del amor, como os he dicho, pero sabíamos identificar lo que no era el amor, y en los ascensos y descensos que hacían esos hombres (de la calle a la pensión y de la pensión a la calle en un ciclo sin final) no había otra cosa que no fuera rechazo, vergüenza y algo de autocompasión, lo que definía en nuestra visión del mundo el acto de tener (o querer, o lo que es peor, poder tener y querer) sexo por dinero. Incluso en algún momento llegamos a pensar que el acto de tener (o querer, o lo que es peor, poder tener y querer) sexo por dinero no tenía nada que ver con el sexo y que, efectivamente, todo era parte de un juego de poderes en que unos pagaban para sentirse mejor a costa de la necesidad de otros. Nunca hablamos del papel de las prostitutas en esa clase de ciclo sentimental y comercial que suponíamos que era su oficio; ya tenían suficiente con tener que lidiar con auténticos fracasados con halitosis y olor a sobaco a cambio de un dinero que el sistema volvería a quitarles de alguna u otra manera. En efecto, tenían nuestra simpatía, pero era una de esas simpatías que se quedan en eso, en simpatía, porque éramos incapaces de hacer otra cosa por ellas que negarnos a tener (o querer, o lo que es peor, poder tener y querer) sexo por dinero, y nos preguntábamos si nuestra conducta ayudaba de veras a alguien en el mundo.

Al final, ninguna de las anteriores observaciones, insisto, logró ayudarnos a descifrar o descodificar aquello que debía ser el amor. Yo supongo, visto lo visto, que algunas personas aman y tienen algo que amar. Algo que por su naturaleza siempre es lo mismo pero cambia de forma. Algo que se gana y se pierde, que se extravía y se encuentra y que nace y muere en nosotros. Una cosa que solamente a veces llega a reflejarse en lo que nos rodea. Debía ser que había en todo ello una especie de progreso y aprendizaje, algo así como un camino con sus baches y sus descansos que al final te gratificaba con algo de sabiduría puramente empírica. Habría algunas personas que obtendrían esa sabiduría de los errores cometidos durante el trayecto y otras que la obtendrían de sus aciertos, seguro, y tengo la sensación de que todo lo que nos rodeaba en aquellos momentos era un mundo de errores sin final. Pagamos las copas y nos fuimos a otro lugar. Nunca más volvimos a hablar de amor, por amor propio.

Superándolo

¿Que cómo estoy?

Bien, tirando,

casi de puta madre,

haciendo algún bolo por ahí

y rompiéndome los dientes contra tu imagen

cuando puedo;

los días los paso sin pensar en quien me quiere

y masturbándome pensando en quien NO me quiere,

intentando consolarme;

las noches las paso bebiendo bebidas con plomo

y fumando barbitúricos infumables

para mear cada mañana agujas, chinchetas y cristales;

anyway

ya te dije que apenas me sangran las encías

al lavarme los dientes

y que, por eso,

cuando me veas ya podrás besarme,

aunque quizá no quieras,

parece que a todos os gusta mi sangre

y de eso ya no me queda.

Atentamente,

un Stendhal que ya no se desmaya cuando te contempla.

Lo que somos, lo que queremos ser y lo que quieren que seamos

Me miro en el espejo y me hablo,

como el desgraciado de aquella película

sopesando romperlo todo de un puñetazo.

Me reprimo y me reprimo

(todos los días)

mientras me cepillo los dientes

sin utilizar dentífrico,

con agua caliente y fuerza

e intentando a la vez que no me sangren las encías.

Yo intento parecer lo que quieres que sea

sin dejar de querer ser lo que a mí me gustaría,

pero es inútil delante del espejo:

me dice que soy una cabeza llena de mierda

con las manos muy vacías.

Entre cartones

Tener los dientes podridos

los pantalones meados

y los bolsillos vacíos;

el corazón partido,

las gafas rotas

y los tobillos molidos.

Encarar los problemas

sin saber de dónde han venido;

dormir sobre las aceras

con las manos en los bolsillos

y aguantando el frío.

¿Adónde voy o qué soy?,

¿de dónde venimos?,

¿de qué vivimos?

y, ¿quién está conmigo?

Entre cartones

el mundo es igual,

lo mismo de siempre

pero con olor a vino,

supongo,

y no me resigno

aunque me aparten la mirada

cuando yo les miro.