Huesos

El perro viejo que veis ahí
ha comido toda la carne
que podría albergar su pellejo
pero nunca confesará
dónde ha escondido los restos del festín;
nunca sabréis dónde reserva los huesos.

Cuando de morir sea ya el momento,
se refugiará también con ellos
a esperar a la muerte,
buscando así el último consuelo
con el recuerdo de los buenos tiempos,
y se fundirá con ellos
y pasará a ser como ellos;
un puñado de huesos
y una parte del recuerdo.

Sepultura emocional

Entierro a mis sentimientos
como un sepulturero
enterrando a sus muertos;
sin derramar una lágrima,
sin exhalar un suspiro,
sin mostrar más respeto
que el de la experiencia
de los sepelios previos.

Entierro a mis sentimientos
donde yo solamente puedo visitarlos;
bailo sobre sus tumbas
hasta que me quedo dormido
y me despierto al día siguiente
como si nada hubiera pasado.

El comadreja

Yo soy la comadreja
que mata y se alimenta
por encima de sus posibilidades;
sí,
yo soy esa;

un día,
por excesiva,
moriré asfixiada en cerveza
y tendréis que romperme los dedos de la mano
para que suelte la botella.

Yo soy una alimaña
como otra cualquiera
que hoy come y bebe
sin saber si lo hará mañana;
yo soy carroñera sedentaria,
una vividora pusilánime
y oportunista sin posibilidades.

El sol se pone todos los días en mi espalda
y cuando la noche empieza no soy nadie,
como todos;
soy
nada más que otra víctima de la impaciencia
sometida a un transplante involuntario
de insaciable concupiscencia.

Soy un verso ilegible en voz alta,
la vergüenza del sistema,
un pedazo de miseria concentrada
que hiede y provoca tristeza por donde quiera que vaya.

Estoy de vacaciones

Voy a coger al tiempo,
al dinero,
a la muerte
y a lo que se espera de mí
y al resto
de mis preocupaciones
y les voy a invitar a todos
a que me chupen la polla
por detrás de los cojones.

A que se me caguen en el pecho
o a que me rasquen en los pezones,
qué importa.
Les pondré a mi servicio
y que se me coman los leones.

Ya no voy a guardar más respeto
por todas esas convenciones.

No rendiré homenaje
a esas estúpidas tradiciones
que llamáis costumbres
y que solamente os sirven
para vivir con miedo a la vida
y llegar a viejos con miedo a la muerte.

Adiós tabúes,
estoy de vacaciones.

La penumbra que precede a la muerte

Hay luces
que por más que brillen
no consiguen otra cosa
que iluminar la oscuridad
de la que están rodeadas;

de todas formas
los que aún tenemos miedo
corremos a ellas
a escondernos
incluso cuando el sol brilla
fuera.

Dedicamos nuestra vida
a mantenerlas encendidas
sin esperar a cambio
nada más que luz,
pero el peso de la ausencia
siempre vence:

al final todo queda en penumbra,
predecesora natural de la muerte,
y el último atisbo de esperanza
se consume como la luz de esa cerilla
en medio de un silencio
tan profundo
que hace tanto ruido
como el aullido más potente.

Callejón sin salida

Así es la vida.
Te la clavan y perdonas,
pero no olvidas.

Te refugias
en la soledad del desamor
a lamerte las heridas.

Buscas consuelo
en el resto de las cosas
que ignoraste en otros días.

Te resignas
y comienzas a llorar
por lo que ayer reías.

Abandonas la esperanza,
bajas los brazos
y te haces preguntas
que son un callejón sin salida:

¿me quiere?
¿me quería?
¿volverá algún día?

Halitosis

Me huele mal el aliento
porque tengo dentro un cementerio
con todos mis muertos
echándome raíces hasta el cuello
desde lo hondo del recuerdo.

Me huele mal el aliento
porque soy un poco como ellos
y también estoy muerto,
pero solamente por dentro.

Al final,
poco importa
hallar o no hallar consuelo.

Siempre llevamos en el paladar
el sabor de nuestros muertos.

Hojarasca húmeda sobre el suelo

Hojarasca húmeda sobre el suelo
y nosotros arrastrándonos,
como lombrices,
en busca de más razones
para seguir odiándonos.

El tiempo es generoso
en su dialéctica
pero no hay misericordia en su acción;

hablar de ello
es como hablar de una operación estética,
superficial,
inocua y pasajera;

sufrirlo es como pasar por una amputación.

No hay perdón que dure más en la memoria
que el recuerdo del dolor,
pero perdonamos.

Y así como perdonamos
nos seguimos arrastrando
como gusanos,
en busca de más razones
para seguirnos odiando.

El huevo y la gallina

La cosa comienza así
¿qué es antes,
el huevo,
la gallina
o el eterno interrogante?

Yo no lo sé,
quizá sea otro ignorante
que vive sin pensar en el pasado
y sin pensar en el futuro.
Que vive (vive, vive, vive y vive)
sin tener en cuenta el presente
y sin otra cosa que hacer que vivir:
solamente me concierne
el ponerme un plato delante
y tener sobre el colchón
una manta con la que protegerme
y alguien a quien agarrarme.

No sabré responder,
si me preguntas qué soy,
de dónde vengo y adónde voy.

No tengo la menor menor idea
ni la menor intención de dar respuestas.

Pero te diré que soy, vengo y voy,
te lo aseguro:
no me preocupa contestarte.
Ahora y siempre,
estoy y dejo de estar
y me dejo llevar
como un mechón de cabello atemporal
ante la incansable caricia del viento,
sin remordimientos,
sin pensar en gallinas
pero echándole huevos.