La nada

Saboreé el éxtasis de tus labios
mucho antes de probarlos
y,
al final,
la nada
y el recuerdo de algo
que nunca habrá pasado.

Híbrido

Siempre he pensado que el ser humano, dentro de todas las diferencias que hay entre cada persona, podría dividirse en dos amplios grupos según cómo reacciona ante los obstáculos que aparecen en su camino. El primer gran grupo está formado por las personas que cuando ven un obstáculo reflexionan y piensan de qué manera pueden salir airosos ante el problema. Son personas que, por poner un ejemplo, resolverían que delante de una gran roca en medio del camino a seguir lo mejor sería saltarla, escalarla o rodearla, intentando siempre desperdiciar el mínimo de energía y procurando no recibir ningún daño. Esas personas, sin duda, son las que viven vidas tranquilas, intentando evitar todo tipo de problemas y, en general, procurando aplicarse el mantra del vive y deja vivir, algo que seguramente es cada vez más difícil, por cierto. El otro gran grupo de personas estaría formado por aquellas que tienen una tendencia y una querencia natural al problema que interfiere en sus trayectorias vitales. En lugar de sortear esa gran piedra, de saltarla o, qué se yo, de inventar un vehículo que les permita sobrevolarla, deciden empecinarse en la destrucción de todo problema. Así arriesgan la salud y el juicio en atravesar el monolito, dejando por el camino, entre otras cosas, un precioso tiempo que jamás recuperarán. Estas personas no es que no quieran vivir tranquilas o en paz sino que probablemente no puedan hacerlo sabiendo que dejaron un problema sin resolver. Algunas incluso se obsesionan hasta tal punto que en lugar de lamerse las heridas y mirar hacia adelante convierten ese momento tan agrio en un lugar común y a menudo vuelven a visitarlo para contemplar con amargura aquella gran roca hecha añicos. Incluso se empeñan en juntar los pedazos y volver a formar otro problema con ellos porque, para su desgracia, basaron su existencia en aquel problema y ahora que se han librado de él su vida carece de sentido. Arrastran esa gran roca tal y como Sísifo arrastra la suya y, verdaderamente, sus recuerdos y su soledad se convierten en una cadena que les une a esa condena que no pueden abandonar.

No sé (quizá no quiera saberlo) qué tipo de circunstancias empujan a una persona a formar parte de un grupo o de otro. Cómo unas pueden representar valores tales como la molicie y el pasotismo para ignorar lo que acontece a su alrededor y cómo otras se abocan al masoquismo y a la autocompasión para afrontar los suyos, nunca lo sabré. Lo único que sé es que probablemente lo mejor sería encontrar un híbrido de estas subespecies humanas y aprender de él. Y comenzar a superar los problemas sin necesidad de destruir, construyendo, y ser capaces de olvidar el problema en sí mismo para solamente continuar avanzando, sin castigarse, sin pensar en lo peor y, en definitiva, dedicándole tiempo a lo que está por venir. Tiempo al futuro, que es una sustancia moldeable como la arcilla y no tan dura y áspera como el pasado.

Orquídeas

Habíamos hurgado en la tierra
buscándonos la mano el uno al otro
desde las antípodas
y solamente llegamos a rozarnos
con la yema de los dedos
durante una milésima de segundo.

Sigo sin desenterrar
mis brazos de la tierra
porque soy creyente
e inocente,
y sé que me darás una señal de nuevo
con el roce de tus dedos.

Y si no lo consigo
permaneceré unido al suelo
y de mi cadáver germinarán orquídeas
del color de tu pelo.

Retrato de Barcelona

No tengo dinero para darles
pero les miro a la cara
y pronuncio,
entre la tristeza
y la amargura,
no tengo nada encima,
lo siento,

y prosigo el caminar
por las calles hambrientas de Barcelona
mientras los turistas se hacen fotografías
aquí y allá
y la gente se gasta dinero en bolsos,
en coches mejores
y en liposucciones.

E intento despersonalizar al indigente,
como hace el resto,
considerándolo algo así
como parte del mobiliario urbano,
como un banco de madera
o un buzón de correos antiguo y estrafalario,
pero no lo consigo
y cada vez me cuesta más dormir por las noches
en esta ciudad, Barcelona,
la Barcelona de los pobres y de los progres de medio pelo
que viven en la zona alta
y eligen cómo y cuando
morirán los más débiles del pueblo,
aquellos que siempre tendrán debajo.

Le tengo miedo a la gente

Le tengo miedo a la gente. Cada segundo entre la multitud me consume y me escondo en las sombras para verles pasar sin interponerme. No quiero intercambiar palabras con la masa. El gentío no tiene nada que contarme. Se mueven como piezas del motor de una máquina que ya no me sirve para nada. No quiero formar parte de su sistema; no me importan las matemáticas sociales exclusivas que elaboran; no creo en sus sumas ni en sus restas; sus valores me incomodan y las divisiones que se dan entre ellos me parecen excusas vacías e inconexas.

(Salgo por las noches para rodearme de los que son como yo y descubro la esencia verdadera de la vida, la cual, para sorpresa mía, no es única);

Me retuerzo como una lombriz en el barro mientras observo a la marabunta humana caminar sobre mí. Sé que un día sus pasos me fundirán con el suelo y mi existencia se hará una con el pavimento, el lugar donde quiero estar y donde la realidad se desviste del sueño. Me despersonalizaré y me perderé en el tiempo sin vampirizar el recuerdo de los míos y de mi tumba crecerán flores que mirarán al cielo.

Huesos

El perro viejo que veis ahí
ha comido toda la carne
que podría albergar su pellejo
pero nunca confesará
dónde ha escondido los restos del festín;
nunca sabréis dónde reserva los huesos.

Cuando de morir sea ya el momento,
se refugiará también con ellos
a esperar a la muerte,
buscando así el último consuelo
con el recuerdo de los buenos tiempos,
y se fundirá con ellos
y pasará a ser como ellos;
un puñado de huesos
y una parte del recuerdo.

Sepultura emocional

Entierro a mis sentimientos
como un sepulturero
enterrando a sus muertos;
sin derramar una lágrima,
sin exhalar un suspiro,
sin mostrar más respeto
que el de la experiencia
de los sepelios previos.

Entierro a mis sentimientos
donde yo solamente puedo visitarlos;
bailo sobre sus tumbas
hasta que me quedo dormido
y me despierto al día siguiente
como si nada hubiera pasado.

El comadreja

Yo soy la comadreja
que mata y se alimenta
por encima de sus posibilidades;
sí,
yo soy esa;

un día,
por excesiva,
moriré asfixiada en cerveza
y tendréis que romperme los dedos de la mano
para que suelte la botella.

Yo soy una alimaña
como otra cualquiera
que hoy come y bebe
sin saber si lo hará mañana;
yo soy carroñera sedentaria,
una vividora pusilánime
y oportunista sin posibilidades.

El sol se pone todos los días en mi espalda
y cuando la noche empieza no soy nadie,
como todos;
soy
nada más que otra víctima de la impaciencia
sometida a un transplante involuntario
de insaciable concupiscencia.

Soy un verso ilegible en voz alta,
la vergüenza del sistema,
un pedazo de miseria concentrada
que hiede y provoca tristeza por donde quiera que vaya.